La niebla había apretado a la ciudad en sus manos grises. Los altos edificios se erguían como fantasmas entre ella, como salidos de un cuento de hadas.

                                 El ulular de las sirenas de las ambulancias, rasgaba el silencio de las calles dormidas. En un paso peatonal,  dos cuerpos yacían en el piso destrozados. Más adelante, el coche que los atropelló, encima de la vereda.  Saliendo de él, su conductor, sangrando por la herida que se veía en su frente.

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                                  Juan Pablo y Miguel, eran dos jóvenes médicos, amigos de la infancia, que habían hecho la carrera de medicina juntos y concebían sus primeras guardias en un hospital, muy cerca de allí.
De hecho, hacía unos instantes que terminados sus turnos, cruzaban a la cafetería de enfrente al hospital,  a reunirse con otros colegas, y compartir un café.
Caminaban despreocupadamente, comentando el descubrimiento que habían hecho en un examen a uno de sus pacientes.A un señor de nombre Alberto, le diagnosticaron un tumor cerebral en los meses anteriores. El hombre iba a tratarse por su dolencia todas las semanas, resignado, puesto que se le había informado de no tener cura y quedarle poco tiempo de vida.

                                 Al estar de licencia su médico tratante, lo derivaron para seguir sus consultas a Juan Pablo y Miguel. Ellos tomaron el caso con la avidez del recién recibido. Había algunos detalles que no estaban muy claros y decidieron repetir los estudios a Alberto.Constataron al final de los mismos, que le habían dado un diagnóstico equivocado. Sólo sufría de migrañas agudas,y que con un simple tratamiento se curaría.

                                  De todo esto venían hablando Juan Pablo y Miguel, cruzando la calle, cuando un auto como bólido apareció de entre las fauces de la niebla y los mató.

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Alberto aún sangraba de la herida de su frente, al lado de su auto, encima de la vereda. Recordaba el por qué de la salida de su casa, con esa noche de niebla. Iba a la de su madre. Para darle la buena nueva. Que dos jóvenes doctores le devolvieron la vida. Que sus exámenes fueron de resultado negativo. Que no había ningún tumor. Que sus días no estaban contados.

                                   En ese instante, y desconociendo la identidad de los muertos, cuando iba esposado rumbo al auto de la policía, maldecía por lo bajo el resultado negativo de sus exámenes.-

JOB-2008