Los hombres de impecable túnica blanca, guantes y tapabocas junto con sus asistentes, vestidas de igual manera, y quietos,  rodeaban la mesa.
Los instrumentos brillaban bajo la luz del reflector, desinfectados y prontos para ser usados.La mujer, sobre la mesa, cubierta con un manto violeta, dejaba al descubierto sus piernas, abiertas y apoyadas en cada extremo de la camilla. En cada rasgo de su rostro, la tristeza se había afincado, opacando sus ojos húmedos por lágrimas de sufrimiento.

          Nada en el ambiente se animaba a quebrar el silencio. Sólo el tenue tic tac del reloj colgado de una pared revestida de mármoles ocre,  parecía tener el permiso de hacerse escuchar.
Los estertores y quejidos de la mujer marcaban el momento esperado. Para los hombres y sus asistentes de blanco, era la señal. Unas manos volaron sobre los aceros quirúrgicos, dándole su uso. Otras, sujetaron la cabeza de la mujer, otras apretaron sus piernas, manteniéndolas firmes.

-¡ Puje, puje!
- Respire, así, así.
La voz del hombre se entremezclaba con los gemidos de fuerza de la mujer.
- Ya viene, siga así, así.
- ¡Puje, puje!
- Con fuerza
- ¡ Ya sale!
- Acá está
- Ahora otro poco, dele, puje con fuerza.
Las manos de la mujer se estremecían por el esfuerzo en las manos que la sujetaban.
- Un poco más, puje con fuerza¡¡
- Ahí estan, ya vienen, así, así.
- ¡ Uuuff! ya está, salieron.
- Ahora descanse, ya todo pasó.

          Y todo había pasado. El rostro de la mujer  lucía transpirado y pálido por el esfuerzo, pero denotaba calma y paz. Y en sus ojos poco a poco se iba encendiendo la llama del brillo perdido.

En una bandeja, el hombre de blanco llevaba el producto del parto de esa mujer: su soledad, sus miserias y sus miedos, para lanzarlos al viento del olvido.-

JOB-2008